Prao Concejo – Tudanca

La gestión de un bien comunal: el prao Concejo, explicada por D. Miguel de Unamuno

“(…) Pero la verdadera comunión, y comunión civil, de estos montañeses del valle de Tudanca es la que se celebra en el prado del Concejo, un sacrificio también y de cierta rusticidad económica.

El prado del Concejo, en las pendientes laderas de la montaña que sostiene a Tudanca, lo forman los pastos de propiedad comunal. Los hay en otros pueblos, pero no presentan ni las particularidades, ni menos el rito, en su aprovechamiento, que presentan aquí (…).

El prado del Concejo de Tudanca se divide cada año en lotes o suertes, brañas, y éstas se sortean entre los vecinos todos, que este año fueron noventa y seis. A las viudas o solteras con hijos se les da media braña; a las solteronas sin hijos, un cuarto de braña. Entre una viuda y dos solteronas – Teresa, Segunda y Francisca – entraron este año en una suerte. Es soltera para el caso la que teniendo más de veinticinco años vive sola.

Divídese el prado en ocho partes, y de cada parte hacen tantas suertes como vecinos; este año, dije, noventa y seis. Las miden con un palo o a ojo – a ojo de buen pastor -, según cantidad y calidad del pasto. Las suertes van de arriba abajo y no en lindes paralelas. Y después de divididas sortéanlas en el prado mismo.

El día de San Agustín, y a toque de campana – de campana civil y comunal – subieron los vecinos todos – y yo con ellos – a la alta y verde pradería que confinaba con el cielo. Subían con el dalle al hombro, calzados de almadreñas – a que aquí llaman abarcas -, los unos por el atajo y los que llevaban los bueyes con las basnas – de que diré luego – vacías por las basnadas. Con los dalles llevaban rastrillos y palos. Subían también mujeres y niños, cabe decir que el pueblo todo, no quedando abajo sino enfermos, inválidos y pocos más. Subió también el cura. Y una vez arriba, mientras aguardan el sorteo, pónense a picar el dalle con un martillo triangular sobre un pequeño yunque -“la” yunque le dicen, pues su macho es el martillo – clavado en tierra. El repique del picar los dalles era como el canto de preludio, el introito del trabajo común. Desde allí arriba no se le oye ya, ni se le ve, al río Nansa. En colodras -vasijas de madera de la Montaña- llevan la piedra de aguzar y un poco de agua; la tapan con un manojo de helechos.

Llama el regidor al sorteo. Hacen corro los vecinos, apoyándose sobre los rastrillos, que se apoyan en tierra. Arriba, el cielo, y en el fondo, el valle. El regidor abre la sesión y hacen, los que lo quieren, peticiones, que son votadas. Y cuando lo que se pide es gracia, basta que uno solo se oponga a ella para ser denegada. Es una comunidad de individualistas, una verdadera democracia celosa del derecho individual a no ceder del derecho.

Los que hicieron la división de suertes lo explican quitándose las boinas. A un calvo que una vez se negó a descubrirse porque no se burlaran de su calva, se le multó. Y ellos, que ordinariamente se tutean, trátanse entonces y allí de usted. Es el “su señoría” rústico parlamentario. Se va sacando de un saco las fichas de madera en que están escritos los nombres de los vecinos – este año escribí yo cuatro o cinco de ellos – y se las va colocando en tierra, sobre la yerba y señalándoles las suertes. Y cuéntase de uno que al sonar su nombre para braña de dura tarea, exclamó: ¡M’esclacazaste! Y luego de sorteadas las brañas hacen entre ellos cambios, arreglos, ventas y cambalaches. Y ayúdanse unos a otros y todos al necesitado y al enfermo.

Despliéganse luego, como en guerrilla, por la escarpada falda de la montaña y pónense a rasurar la tierra con el dalle.  Y es de verlos encorvados sobre la materna montaña, la izquierda al manguillo y la diestra al corvo, ir segando la verde yerba, en que entran el cardo y el helecho, a las veces. La siegan siguiendo cada cual los puntos de mira de los linderos de su suerte, marcando la huella; las mujeres levantan los rastrillos, con una blusa encima, para que el segador vea desde arriba el punto inicial de mira. Los bueyes pastan allí cerca.

Cuando llega la hora de la siesta yerguen las basnas, recúbrenlas de yerba segada, y a su sombra sestean. Para volver a la tarea. Segaba también el maestro, Escolástico, y al preguntarle yo de qué le servía para ello la pedagogía, me contestó con agudeza: “Para olvidarla siego”. Las mujeres y los niños esparcen y extienden con los rastrillos la yerba para que se oree y seque.

Cae la tarde y se aprestan a bajar la yerba a los pajares del pueblo. La bajan en las basnas, artefacto primitivo, anterior al carro y a la rueda, sin la que no comprendemos la civilización, nuestra civilización de ruedas y rodillos. La basna es un rústico vehículo montañés de arrastre, sin ruedas, al modo de las narrias – como trineos – que siendo yo niño funcionaban en el muelle de Bilbao. Es una horca de madera, y en medio de ella tabletas, sobre las que por medio de peales, como correas de varas de avellano retorcidas, se sujeta la carga de yerba. Y arrástranla, pedregoso sendero abajo – la basnada – con los bueyes, que tienen que ir sosteniendo la basna, y el hombre a los bueyes. Deslízase la basna sobre pedruscos pulidos a cantos por el frote. Sobre una carga de yerba de una basna bajé un trecho de montaña…

(…)

En esta fiesta, única de la siega en común del prado del Concejo, pero dividido en suertes individuales, sentí la eternidad de este pueblo y gusté el poso de su historia. Ellos, los tudancos, deben de sentir en ella la comunión de su eternidad humana, la eternidad de su comunión, el lazo entre los muertos, los vivos y los por nacer. En tanto, el río, escondido allá abajo, lleva al mar los zalampiernos – así llaman a los restos de una res comida por los lobos – de los riscos, comidos por los hielos, las nieves y las tormentas.

Publicado en La Nación de Buenos Aires, “El Prado del Concejo”, el 4 de noviembre de 1923.